Cuando era niña todas las casas eran blancas, nadie se planteaba pintarlas de otro color. De adolescente, las paredes se vistieron de colores pastel. Cuando compré mi propia casa, la pinté de colores fuertes y atrevidos. Y ahora, vuelvo al blanco absoluto en paredes, techos, suelos y muebles. El blanco agranda visualmente el espacio y aporta frescor y calma. Su simplicidad enamora. Es el color de la pureza, la inocencia y la castidad, de los vestidos de novia, de los ángeles y de la paz.









